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¿Será que nos manipulan?

Dinorah Gutiérrez
“Es necesario ser un gran simulador y disimulador: los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

Maquiavelo (El Príncipe)

 

 

 


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Crear dependencia; cultivar chivos expiatorios; hablar sin comprometerse; fingir que se escucha y responder a preguntas incómodas con frases hechas son algunas de las estrategias más frecuentemente empleadas por los expertos manipuladores que revolotean a nuestro alrededor a diario. Pero estas simples frases son apenas las más humildes estrategias verbales de persuasión discreta de personas comunes que hasta en casa encontramos.

Los habituales manipuladores son aquellos individuos que pasan por nuestra vida imponiéndonos su visión del mundo y su propia forma de hacer o hasta de sentir.

Manipular significa controlar sutilmente a un grupo de personas o a la sociedad, impidiendo que sus opiniones se desarrollen natural y libremente. Y aunque la palabra “manipulación” representa semánticamente una fuerte connotación, cuando aparece ante nuestros ojos, la mayor parte del tiempo suele estar inmersa en nuestra cotidianidad sin advertir su presencia.

Desde la antigüedad, la manipulación ha sido el arte de lograr que otros hagan lo que uno desea pensando que es idea propia.

No es que siempre la sociedad esté manipulada. Más bien podríamos decir que seducida, persuadida y, en ocasiones, “adormecida”. A pesar del poder crítico actual de un buen número de ciudadanos, la manipulación hoy en día se viste de diplomacia.

A falta de un genuino liderazgo, muchos dirigentes sociales y, sobre todo, políticos nos han acostumbrado a escuchar continuamente en los medios de comunicación discursos con palabras escogidas que significan realmente muy poco.

Discursos patéticos y ruinosos que fastidian el sentido de la democracia. Discursos desgastados que suelen llenar páginas y páginas de nuestros diarios con pura “paja”.

En Chihuahua, iniciamos nuevos tiempos de gobiernos municipales y de poder legislativo.

Hemos escuchado esos paupérrimos discursos de campaña de la mayoría de quienes dirigirán los destinos de los ayuntamientos y del Congreso local. Hay que admitirlo, unos lucidores, otros francamente grises, pero todos diseñados para influir sobre un electorado que, recordemos, no fue ni la mitad del registro electoral en la entidad la que decidió quién nos gobernará.

¿Se acerca un momento nuevo de “discursitis”? Lamento decirlo, pero sí. Nos espera un nuevo tiempo de discursos obligados. Unos inoportunos, otros más pertinentes, pero todos seguramente dirigidos a persuadir a la opinión pública (obviamente).

Esta práctica común es un proceso de abierta manipulación. Hay que ser conscientes: siempre estamos en momentos electorales. Y si hay dudas, recordemos que sólo hay dos años previos para los comicios federales. Luego viene “la grande” con la renovación total de los poderes en la entidad. ¿No significa esto una inmensa oportunidad de “influir” en la ciudadanía en un esfuerzo sin mayores complicaciones que la elección de un “buen discurso” para generar emociones, suspenso, reflexiones, expectativas y, desde luego, actitudes favorables?

Claro, la manipulación de grupos o “de masas” ha existido desde hace siglos. Empero, si la humanidad evoluciona constantemente, ¿qué pasa con los discursos de nuestros políticos?

¿Qué no se han dado cuenta que los ciudadanos ya no son sólo “oídos”, sino voces y manos que señalan y dedos que apuntalan la dirección que el pueblo en verdad desea?

No, no es lo que reflejan las votaciones lo que define el auténtico interés de un pueblo. También lo es el desánimo en las actividades comunitarias; el desinterés por participar en foros; el impulso por tratar de hacer justicia “por mano propia”; la decepción de cientos de madres que verán a sus hijos convertirse en delincuentes adictos, porque no hubo más para ofrecerles que la maquiladora que no les completa el “escalón” para cambiar de aspiraciones.

Señores nuevos alcaldes, síndicos, regidores y diputados. Olvídense del discurso hueco, demagogo y “santurrón” de siempre. Créanme, ya no les servirá de mucho.

Existe hoy por hoy un pujante grupo de ciudadanos decididos a efectuar verdaderos cambios de vida, desde la raíz y hacia las estructuras más encumbradas para procurar el bienestar colectivo.

Hacer política desde la óptica de la manipulación siempre trae consecuencias impredecibles. Por supuesto que hay grados de manipulación: desde la negativa hasta la positiva y con fines de construcción. Pero, aunque la mayoría estará embriagada con el “olor del triunfo”, lo que se verá en los próximos años será la forma en que no sólo será calificado su gobierno, sino su calidad humana y de servicio público.

Manipular, no significa subestimar. Debe significar convencer y dignificar.

Hay una oportunidad de oro en puerta para los 67 nuevos alcaldes, 67 síndicos, regidores y diputados: la de transformar el discurso político manipulador en un auténtico y gentil servicio público sin muchas palabras, pero una saludable comunicación hacia sus gobernados.

Sin embargo, antes será necesario cambiar también la forma de pensar. Ya lo decía Albert Einstein: “La fuerza desencadenada del átomo lo ha transformado todo menos nuestra forma de pensar. Por eso nos encaminamos hacia una catástrofe sin igual”.

La advertencia es más que evidente.

 

Publicado: Año 3 / Octubre 2007 / Número 34



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